La cumbiera intelectual

Ante la pregunta ¿qué es la cultura?, encontramos una multitud de respuestas. Se dice, por ejemplo, que cultura es toda la información y las habilidades que posee el ser humano. O que cultura son el conjunto de conocimientos acumulados en una serie de instituciones que se reproducen en el tiempo. Pero también se entiende la cultura como la capacidad de un individuo concreto para destacar en un medio; o bien, el conjunto de formas de expresión de un grupo social determinado.

Como vemos, las definiciones de cultura son varias y además, muy distintas. Pero de entre todas las definiciones que han llegado a mis manos, hay una que me parece interesante. No es nueva, pero sí metafórica y atractiva. Dice Dietrich Schwanitz, uno de los autores más controvertidos de la escena cultural europea, que la cultura es «el resultado de un permanente proceso de sedimentación, una especie de morrena terminal, un montón de contenidos depositados por el glaciar de un consenso general».

Estos sedimentos a los que hace referencia Schwanitz son los personajes, los acontecimientos y los libros y demás obras artísticas que nuestra comunidad etiqueta como básicos e indispensables para poder formar parte de ella. Son piezas que crean significados y que hacen surgir un sentimiento de inclusión e integración en el grupo. Juntos hacen posible una mayor comprensión entre individuos. Por poner un ejemplo, estos sedimentos son los que permiten que cuando uno escucha decir “siempre nos quedará París”, le añada automáticamente a este aparentemente inocuo mensaje, toda una serie de connotaciones, valores e ideologías contenidas en el film Casablanca (1942): honestidad, fidelidad a las ideas, defensa del débil, amor, añoranza, pasión por el jazz…

En este mundo de la cultura, existen textos canónicos, textos que contienen sabiduría; que te avisan de los errores que puedes cometer. Es toda la experiencia de la humanidad extractada, condensada y archivada en obras que algunos se han tomado la molestia de ordenar y jerarquizar. De esta manera se facilita que el que quiere entrar al club de la cultura, sepa cuál es el camino a seguir, por dónde ha de empezar y qué estaciones no se puede saltar. De entre las personas que con más éxito han creado o propiciado un canon, podríamos citar a Harold Bloom en Estados Unidos y, de forma más mediática, pero también con una enorme resonancia, a Bernard Pivot con su Bouillon de culture en la televisión francesa y, por qué no, a Fernando Sánchez Dragó con su programa Negro sobre blanco.

Desde mi punto de vista, viniendo de una educación secundaria que no se toma muy en serio este enfoque de la cultura, una buena entrada al club es la que propone, por ejemplo, Roberto Cotroneo con su mini-canon titulado Si una mañana de verano un niño. Carta a mi hijo sobre el amor a los libros. En este canon, Cotroneo nos invita a leer una serie de libros elegidos con mucho cuidado y cargados de una buena dosis de sabiduría. El primero que nos introduce es La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, del cual dice que enseña lo sutil y ambigua que es la frontera que separa el bien del mal, y cómo la aventura es un camino doloroso que sin embargo, ha de ser recorrido. Luego habla de El guardián entre el centeno, de Jerome David Salinger, y lo presenta como un cóctel de ternura y transgresión. También incluye el poema The love song of John Alfred Prufrock, de Thomas Stearns Eliot, el cual nos ayuda a entender por qué los grandes acontecimientos pueden parecer pequeños y los pequeños, alterar el universo. Finalmente nos presenta a Thomas Bernard y su libro El malogrado, que nos habla del talento, del ser, de las odiosas comparaciones, de la huida de la mediocridad, de la humildad, de la envidia y de la música.

Como siempre, no todo es bloanco o es negro. Pertenecer al club de la cultura no necesariamente te hace ser mejor persona. La historia lo demuestra: entre los oficiales nazis había gente de extraordinaria cultura, pero eso no les impidió llevar a cabo, con absoluta frialdad y nulo respeto, el holocausto.

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