lenguaje y realidad

Hace un par de años, leí el artículo El giro linguístico y su incidencia en el estudio de la comunicación periodística, del profesor Albert Chillón. Al leerlo, surgió en mí un gran interés en los estudios acerca de la percepción, la interpretación y el lenguaje. Tres cuestiones estrechamente ligadas con la figura del periodista, que es quien percibe unos hechos, los interpreta y busca la mejor manera de expresarlos. Desde entonces, son varios los artículos y ensayos que he leído relacionados con este tema. Uno de ellos es Modos de ver, del británico John Berger. Este ensayo, considerado título indispensable de la teoría de la comunicación visual, revela cómo nuestros modos de ver afectan a nuestra forma de interpretar y entender la realidad.

A continuación presento una reflexión que escribí no hace mucho acerca de cómo percibimos lo que nos rodea.      

Magritte

Magritte

Las cosas son como son, pero tú les añades el significado

Para muchos, el lenguaje no es más que un instrumento a través del cual los seres humanos expresan el pensamiento que, a priori, han formado en su mente. Es decir, que las palabras sirven únicamente para convertir en enunciados inteligibles lo que pensamos.

A comienzos del siglo XIX, el filósofo alemán Wilhem Von Humboldt se planteó el lenguaje de un modo distinto. Para él, lenguaje y pensamiento; conocimiento y expresión, eran una sola cosa. Con este planteamiento, se dio paso a la idea de que no existe una verdad objetiva, que no existen palabras ni enunciados que designen mejor la realidad que otros.

No exite una verdad objetiva

Ante un mismo objeto, dos personas pueden tener sensaciones distintas y la palabra que utilizarán para expresar eso que sienten, no será la misma. Si esto sucede es porque no hay nada en los objetos que pida a gritos que sean designados de una manera concreta, o por lo menos el ser humano no lo percibe. Por tanto, podemos afirmar que “no hay un mundo único e inmutable fuera del hombre sino que el lenguaje crea mundos, reforma la realidad, da forma a la realidad, no está supeditado a ella, la funda. Y por ello no hay un mundo sino muchos mundos” (A. Chillón).

Magritte

Magritte

Construimos la realidad con la mirada

Y es que la realidad no existe fuera de nuestros ojos, sino que la construimos a través de nuestra mirada, nuestra toma de contacto con el mundo. Con el lenguaje creamos mundos propios. El lenguaje es quien da significado a lo que nos rodea y nos rescata del mar de sensaciones que para nosotros es la realidad.  Cuando uno va por la calle y, por ejemplo, ve un árbol, se limita a relacionarlo con el concepto árbol que tiene memorizado y deja de lado la capacidad de mirar, de fijarse, de observar… Tenemos la mirada habituada a los estereotipos y a la que se nos presenta algo que coincide con alguna de las categorias que ya tenemos establecidas, ni miramos ni escuchamos, volvemos a nuestros prejuicios, borramos las emociones que surgen en nuestro interior ante esa realidad y nos quedamos tranquilos. Nos pasamos el día relacionando lo que vemos con lo que ya tenemos almacenado. Preferimos lo conocido a lo inquietante. Nunca nos dejamos penetrar por la magia que contiene la realidad más cotidiana. Nos da miedo sentir.

Artículos relacionados:

El giro linguístico y su incidencia en el estudio de la comunicación periodística

Esto no es una ponencia sobre Magritte. El giro linguístico en rené Magritte

Modos de ver, de John Berger está inspirado en la serie de televisión que el mismo Berger realizó a principios de los 70 para la BBC.

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dicen que

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somos lo que hacemos para cambiar lo que somos

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Eduardo Hughes Galeano. Periodista y escritor uruguayo

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donde todos piensan igual, nadie piensa mucho

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Walter Lippmann. Periodista y escritor estadounidense

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en una palabra

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opera prima

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antihéroe.

Tiene 36 años, pesa unos 110 kilos, es inspector de seguridad de una planta de energía nuclear y es un padre y un marido descuidado.

Sus aficiones son ver la televisión, comer rosquillas y beber cerveza con sus amigos. Sin más.

Hablo de Homer J. Simpson, un grandísimo personaje de animación que a menudo me invita a reflexionar.

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Homer J. Simpson

Homer es, para mí, el reflejo de millones de habitantes, no sólo estadounidenses, sino de todo occidente. Son muchas las personas y las familias enteras que viven al puro estilo Homer, actuando con pereza, torpeza y dejadez; comiendo mal, dejando la salud a un lado y, lo peor, avanzando sin perspectivas de futuro. Esto lo veo en mi ciudad, Barcelona, y también en el extranjero. Y la verdad es que me altera.

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"Perdonadme por tener enormes defectos en los que no me esmero"

A menudo, me encuentro cara a cara con individuos viciosos, bastos y pesantes que deambulan por las calles de mi ciudad con la mirada perdida y el rostro entristecido. Algunos pasean con lentitud, otros engullen con ansias una hamburguesa o un helado y muchos otros pasan jornadas enteras encerrados en un centro comercial y de entretenimiento. Se quieren poco.

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Siempre que me encuentro con uno de estos individuos, la reacción es la misma. Pierdo la sonrisa, dejo de escuchar y observo. Acto seguido la boca de mi estómago se hace cinco veces más pequeña de lo que ya es. Me encojo. Sí, me encojo e involuntariamente empiezo a pensar en cómo debe ser la vida de esa persona, qué motivos la han llevado ese pasotismo, a ese dejar de quererse. Al rato vuelvo a relajarme.

Pues bien estas mismas sensaciones me las provoca también Homer J. Simpson. Homer es capaz de hacer y dejar de hacer aquello que yo y muchos como yo jamás haríamos o dejaríamos de hacer. Homer es para mí un modelo de cómo no actuar. Él es mi antihéroe.

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Resucitar el Net.art

El mercado del arte ha descubierto la red Internet para la distribución de obras.

Para algunos artistas el hecho de no estar presentes en la red es sinónimo de fracaso e inexistencia; pero para otros, Internet es mucho más que un canal de difusión y promoción. Existe el Net.art.

El Net.art es una corriente artística de finales del siglo XX que utiliza Internet como medio de creación y espacio de exposición a la vez. En sus inicios esta corriente se caracterizaba por su intención de permanecer al margen del mercado y de la historia del arte tradicional. Con los años estos principios se han desdibujado. Algunos hablan ya de la muerte del Net.art.

Ahora, proclamada su muerte, merece la pena hacer un recorrido por la historia de este arte de redes. Quizás, tú eres el llamado a resucitarlo.

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A nadie le sorprendió que el mercado del arte incorporara la red Internet para la distribución de obras. Cada vez son más los artistas que utilizan Internet para promover sus trabajos. También lo hacen los museos, las galerías y las subastas. De hecho, para muchos, no estar presentes en Internet es sinónimo de fracaso e inexistencia. Pero para otros, Internet es mucho más que un canal de difusión. Hay artistas que han sabido hacer de la misma red Internet un instrumento y un material de creación como podrían ser un pincel o un trozo de mármol. Hablamos del Net.art.

El Net.art son todas aquellas producciones artísticas que utilizan la red Internet como medio de creación y espacio de exposición a la vez. El Net.art funciona sólo en Internet y como forma de arte que es, se caracteriza por su interés y su intención de explorar, innovar e incluso traspasar los límites éticos, políticos y tecnológicos de la red.

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Esta tipología de arte surgió a mediados de los años 90 del siglo XX, cuando en Europa, un grupo de curiosos con ganas de innovar accedieron al World Wide Web. Algunos eran artistas, otros no, pero todos compartían un mismo sentimiento: amaban la tecnología y querían descubrir cómo funcionaba la red y todo lo que ésta podía ofrecerles. Entre ellos estaban el esloveno Vuk Cosik o la pareja formada por el belga Dirk Paesman y el noruego Joan Heemskerk, conocidos como Jodi.org.

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El World Wide Web, que en sus inicios era simplemente un medio de comunicación textual, hizo posible la conexión y la colaboración entre individuos que se encontraban a kilómetros y kilómetros de distancia. Esta herramienta permitió a aquel grupo de peculiares artistas, la creación de comunidades virtuales, primero, y sites específicos, más tarde. A partir de este contacto múltiple y transfronterizo, comenzó el Net.art como una nueva corriente artística.

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Muestra sacada de una obra Net.art

Las obras del Net.art tienen sus particularidades. De hecho, toda obra de arte las tiene, pero el caso del Net.art es aún más excepcional. El Net.art es un arte intrínsecamente global, acelerado e inaprensible. Este arte está en continuo movimiento, se desarrolla en un instante, resistiéndose a cualquier intento de ser fijado y capturado en el tiempo. No podemos, por lo tanto, coleccionar Net.art. Por otro lado, toda obra Net.art transmite un mensaje de contenido crítico, político o reivindicativo. Los temas son varios, pero el más común es la crítica a la propia tecnología. En cuanto a su aspecto, llama la atención que este tipo de obras jamás se caracteriza por su belleza estética. Más bien lo contrario. Esto hace que connoten sensaciones más próximas al rechazo y a la marginalidad. Y es que uno de los objetivos de los creadores del Net.art era mantenerse al margen del mercado del arte y distanciarse de la historia del arte tradicional.

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El Net.art no es pintura ni escultura, pero tampoco es dibujo. Internet permite al Net.art crear nuevas texturas a partir de imágenes y sonidos de extrema calidad. Estos son algunos ejemplos interesantes: Yugop, Shibumi y Jodi.

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Muestra sacada de una obra Net.art

Han pasado tan solo 15 años desde su nacimiento y ya son varias las voces que certifican la muerte del Net.art. ¿El motivo? Los reiterados intentos de mercantilizarlo. En los últimos años se han creado galerías de Net.art, se han comprado y vendido sites y hasta incluso se han pirateado y plagiado obras. El Net.art muere en el momento en que se intentan materializar sus creaciones. Y es que recordemos que Net.art es aquello creado exclusivamente en y para Internet, en el momento en que una obra puede funcionar fuera de la red, deja de pertenecer al Net.art y se convierte en otra cosa diferente como podría ser el Media art, un tipo de arte contemporáneo que utiliza las nuevas tecnologías pero que, a diferencia del Net.art, no prescinde de ellas.

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Navegar por la red puede ser a ratos divertido, otras veces simplemente útil, cuando estás trabajando, y a veces insulso. Pero difícilmente, una página web te provocara las mismas sensaciones que te transmite el último CD de tu banda favorita, ni tampoco hará surgir ese estado melancólico que se instaló en ti tras contemplar, en Berlín, ese cuadro de Friedrich. Internet pide a gritos la invasión de todo tipo de artistas para que navegar sea una actividad de alto impacto emocional. En la red faltan sorpresas, sonrisas, perplejidad, desconcierto, conmoción…Quizás éste sea tu medio y espacio de creación.

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¡Contribuye a la resurrección del Net.art!


Emma Miguel Rioja

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El marinero que perdió la gracia del mar

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1 de julio de 2004. Tenía tan solo 15 años y aquel día comenzaba mi primer mes fuera de casa, concretamente, en Ramsgate, un pueblo ubicado al sudeste del Reino Unido. Iba a vivir con una familia británica y con otra chica que, como yo, había decidido mejorar su inglés. Se llamaba Denika y era japonesa. A Denika le asustaba que la saludara dándole dos besos, se quedaba rígida si la abrazaba y cuando hablábamos, siempre observaba atónita cada uno de mis gestos y mis carcajadas. Ella hablaba entre susurros, apenas gesticulaba y sonreía con timidez. Al principio creí que era cosa suya, que era una chica introvertida, pero cuando conocí a sus amigos vi que todos actuaban igual. Ante ellos yo era un alboroto, me sentía igual de cómoda que incómoda. Desde entonces y cada vez más, Japón y los japoneses despiertan en mí una amplísima curiosidad. Su delicadeza al hablar, el silencio que transmiten y la elegancia de sus gestos me inquietan. Y lo mismo siento ante películas como Lost in translation, de Sofia Coppola, o Passion, del japonés Ryusuke Hamaguchi; o ante novelas como Tokio Blues. Norwegian Wood, de Haruki Murakami o la última de Amélie Nothomb, Ni de Eva ni de Adán. Las cuatro son un reflejo de la vida en Japón y comparten un silencio que irrita y que la vez seduce. Estas cuatro obras me transmiten la misma mezcla de placer e incomodidad que sentí hace cinco años al conocer a Denika. Para completar mi aproximación, de momento literaria, a la poliforme vida japonesa, tengo pendiente leer al suicida Mishima. Y de sus muchas obras he decidido que empezaré por una de sugerente título: El marinero que perdió la gracia del mar.

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ritmo frenético

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Cientos de canales de televisión, equipos de home cinema, pantallas de plasma, Internet, descargas de música y cine, ordenadores personales, libros, comics, salas de cine, teatros, museos, parques temáticos, vuelos baratos, zonas verdes, carriles para bicicletas, parques, gimnasios… Hoy en día, la oferta de actividades de ocio es amplísima y se ajusta al gusto y a las necesidades de todos, pero, ¿disponemos realmente de tiempo suficiente para disfrutar de toda esta variada oferta?

Si retrocedemos en el tiempo y nos fijamos en las horas de trabajo remuneradas y las horas de ocio pagado que había a comienzos del siglo XIX y lo comparamos con las cifras actuales, lo primero que observamos es que nuestra calidad de vida ha ido a mejor año tras año. A principios del XIX, la jornada laboral era de 14 horas diarias, los siete días de la semana; y las horas de ocio pagadas, eran sólo 2. En la actualidad, son 8 las horas de trabajo remunerado y además, descansamos los fines de semana. En cuanto a las horas de ocio pagadas, son 8 y disponemos de un mes de vacaciones. En definitiva, se ha producido un notable decrecimiento del número de horas de trabajo remunerado y ha aumentado el tiempo de ocio pagado. Este cambio ha propiciado el surgimiento del llamado tiempo libre, y la consecuente aparición de entretenimientos para ocupar estos ratos muertos. Empezamos con los paseos, las plazas y las zonas peatonales. Más adelante fuimos al cine o al teatro, y también a conciertos y bailes. Poco a poco fueron incorporándose a nuestras calles los centros comerciales y los centros de ocio y entretenimiento. No sólo las calles cambiaban, también en nuestras casas hubo novedades. Primero fue la radio, luego la televisión y un poco más adelante, los ordenadores personales, las pantallas de plasma, los equipos de home cinema, etc. Todos estos espacios y artilugios se incorporaron a nuestro quehacer cotidiano a una velocidad sorprendente.

Visto así, parece que la evolución haya sido totalmente beneficiosa para las familias, pero la realidad no es esta porque a estos cambios en los horarios, hay que añadirles también otros cambios de tipo social y sobre todo, económico. Desde mediados del siglo XX, las horas de trabajo remunerado son 8 pero entonces en la mayoría de hogares sólo trabajaba una persona, el padre. Madre e hijos tenían, a lo mejor, otras ocupaciones, pero la primordial era cumplir con las tareas del hogar, el trabajo no remunerado. Las familias subsistían con un único sueldo. Hoy, la jornada laboral sigue siendo de 8 horas, pero ya no basta con el sueldo de uno para subsistir. Hoy padre y madre madrugan, llevan a sus hijos a la escuela, van al trabajo y malcomen fuera de casa. Por la tarde, siguen trabajando hasta las seis o las siete. Un canguro se encarga de recoger a los niños del colegio, darles la merienda y entretenerlos hasta la hora de la ducha. A esa hora los padres llegan a casa y, por lo general, bastante cansados. Pero el trabajo no se acaba aquí. Además de las 8 horas remuneradas, que según como se mire son 16, también hay que dedicar unas cuantas a pasar por el supermercado, preparar una cena sana y equilibrada, recoger y limpiar el hogar, duchar a los niños y finalmente, reposar. Quizás esta última es la tarea que más cuesta administrar. Y es que con esta larga jornada y este ritmo de vida se hace difícil encontrar momentos de calma que inviten a uno a gozar de toda esta oferta de entretenimiento que no hace más que crecer y personalizarse para seducir a la sociedad entera.

Cifras como las que mostrábamos al comienzo de este post nos venden la idea de que cada vez se trabaja menos, pero en realidad estamos trabajando más. Ya no son 8 sino 16 las horas diarias de trabajo remunerado necesarias para subsistir en familia. ¿Qué posibilidades tiene una persona con este ritmo de vida de disfrutar de la amplísima y creciente oferta cultural de su ciudad? Prácticamente ninguna. Aquí en Barcelona, por ejemplo, quienes en realidad gozan de la oferta de actividades de ocio y entretenimiento son los turistas. De hecho, esta amplia oferta está pensada y diseñada para ellos. No ocurre lo mismo en el norte de Europa, donde a las 5 de la tarde las ciudades ya reposan por el bien de sus ciudadanos. Deberíamos seguir su ejemplo.

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